El cuento, sí, te lo había prometido. Acabo de despertarme y veo que el sol arremete contra el edificio de enfrente. Me visto y se me ocurre que tal vez convenga ponerme esas sandalias que me compré la semana pasada. Noto que uno de los pliegues me molesta, pero no demasiado. Es la costura lo que me preocupa. Mi pie derecho suele ser el más doliente cuando el sol atiborra el aire y no queda sino batirse en duelo con el calzado veraniego. La piscina no está muy lejos de casa, pero no me acabo de fiar de esos punzones textiles, de ese hilo malayo que va royendo el tobillo, el talón, el empeine. Al sumergirme, el agua alivia lo que no es más que un conato de herida, una erosión pegajosa. Me lanzo a devorar mis 40 piscinas, ya sabes que no nado ni una más. Nado y, sobre todo, observo cómo nadan las mujeres. Siempre he creído que los nadadores dejamos un rastro impertinente de personalidad, que sembramos el agua de aristas y efectos especiales: el que es impetuoso desaloja demasiada agua; el melancólico finge que bucea en cuanto las fuerzas le abandonan; el falsario sietemachos pide paso entre imprecaciones hasta que, después de veinte metros de salpicaduras inanes, lo adelanta una anciana. No, a mí me interesan las mujeres. También me incomodan: siento un cierto apuro cuando nado tras de una mujer. Entiéndeme, no quiero que me confundan con un agrimensor de glúteos, así que procuro darles distancia. Esto debía ser un cuento y habrá que ir terminando, por lo que debo escribir de una vez y para siempre que el fondo de la piscina, por estos días de sandalias y azoteas, es una atlántida de tiritas.

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